CREACIÓN Y MUERTE SEGÚN TERRENCE MALICK
En ocasiones el marketing del cine causa la más absoluta confusión en el espectador convirtiendo a la película que promociona en victima de su propia campaña. “El árbol de la vida” es un caramelo para el publicista astuto y ávido debido a lo potente de sus imágenes y, principalmente, a la presencia de actores como Brad Pitt y Sean Penn en su reparto.
Dueña, por tanto, de un precioso trailer y con el rostro del actor de “Seven” ocupando la práctica totalidad del cartel publicitario, donde por supuesto no falta la mención a la Palma de Oro lograda en el último festival de cine de Cannes, “El árbol de la vida” puede parecer a ojos del espectador como una suerte de “El curioso caso de Benjamin Button”. Nada más lejos de la realidad.
“El árbol de la vida” es un título que se aleja completamente de los parámetros del cine comercial y/o convencional, siendo una película contemplativa, filosófica, trascendental ,metafísica y naturista, donde tan pronto se habla de la creación como de religión, se observan dinosaurios como imágenes de accidentes geográficos.
En realidad, esta es la película que Terrence Malick, su director, lleva años acariciando. Profesor de filosofía antes que autor cinematográfico, hombre hermético y poco prolífico, Malick siempre ha apostado en su cine por la belleza de unas imágenes donde la naturaleza es protagonista sirviendo de contrapunto a los actos del ser humano. Ocurría en “La delgada línea roja” y posteriormente en “El nuevo mundo” y ahora alcanza su máxima expresión con “El árbol de la vida”, donde la lectura sobre la frágil existencia del hombre, la Tierra o, todavía más, el cosmos, se adueñan del relato.
Malick plantea su discurso a partir de la figura de Sean Penn y la evocación de su infancia. Años 50, padre autoritario y frustrado, madre cariñosa y gentil, tragedias familiares y el recuerdo de las pequeñas cosas que uno retiene en la memoria más básica. El dolor y la fe de estas vivencias terrenales dan pie a Malick para viajar al espacio exterior y también al geográfico con el fin de buscar explicaciones sobre la vida y la muerte, componiendo una sinfonía visual universal y grandilocuente repleta de instantáneas propias del National Geographic que desembocarán de nuevo en la figura de Sean Penn en un pasaje final donde lo espiritual y new age se dan la mano para completar la amplia mirada del director de “Malas Tierras” hacía la existencia del hombre y todo lo que le rodea.
Probablemente sea la pieza central la más atinada de todas cuantas “El árbol de la vida” contiene. Haciendo uso de la voz en off (recurso muy utilizado en su cine), Malick demuestra ser un narrador de primera a la hora de contar los orgullos, miserias y fracasos de un padre de familia (Brad Pitt) en los años 50, el miedo y cariño de sus hijos o la abnegación de una madre (Jessica Chastain). Con un singular montaje de miradas humanas y pequeños detalles y texturas cotidianas, Malick habla del amor, los sentidos, la protección, la autoridad y la esperanza al tiempo que se sirve de las vidas de estos personajes para abordar su posterior y ambicioso recorrido cósmico, microscópico y ateo.
“El árbol de la vida” no es una película fácil, ni siquiera cuando se ha entrado en la sala con todos los datos necesarios. Se trata de una obra, por momentos, suicida, a ratos, tocada por la varita de la genialidad pero sobre todo única en su especie. Tengan cuidado con ella o conseguirán irritarse.
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