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20 de noviembre de 2019
"LA LA LAND", SOÑAR COMO TONTOS

Soltar el volante, abrir la puerta y bailar. Lo ideal sería lanzarse a mover el esqueleto y cantar para combatir las largas esperas de un atasco en carretera. Pero no, en la realidad eso ni ocurre ni ocurrirá, y si alguien decide hacerlo se jugará una buena sanción por alteración del orden público. 
Orden público. Que expresión. Vivimos en una sociedad extremadamente cínica. Continuamente molesta frente a aquello que se escape ligeramente de lo establecido. Tendentes a vivir alienados y enojados. Faltos de romanticismo.

“La La Land” va para aquellos que sueñan. Por tontos que puedan parecer. No lo digo yo, lo dice Mia Dolan en la gran audición de su vida. Lo dice Damien Chazelle, que a sus 32 añitos recien cumplidos sabe que para soñar hay que dejarse llevar y que para eso hay que recuperar géneros alegremente desprejuiciados.

En épocas difíciles el cine musical norteamericano siempre ha estado ahí para suavizar el hastío, para fomentar la desconexión. Durante la Gran Depresión, Ginger Rogers y Fred Astaire danzaron por el bien común. Las Grandes Guerras tuvieron el alivio de Gene Kelly, Judy Garland o Bing Crosby. Ahora, el bálsamo de Hollywood a la agresiva era Trump consiste en deleitarnos con Emma Stone y sus ojos de expresividad infinita y Ryan Gosling y su sonrisa de galán adorable entonando y enamorándose en las colinas de Los Ángeles para que así volvamos a casa con la crispación aplacada y nos sentemos frente a twitter más suaves que un guante, mirando la vida con una sonrisa, al menos durante los días o semanas que dure el recuerdo de esta feliz ciudad de las estrellas donde la realidad se construye a partir de unas notas de jazz interpretadas a piano, largas gravitaciones en el firmamento y suaves deslizamientos de pies. 
Ese jazz es el mismo jazz que ya marcaba los ritmos en “Whiplash”, otra manifestación del amor por el cine y música surgida desde las entrañas, hecha con el corazón y dueña de un discurso idéntico; triunfar conlleva renunciar. No hay éxito sin dolor. El Chazelle guionista vuelve a guardarse ese as en la manga para remover emociones por si no todavía no hubiésemos caído rendidos al candoroso idilio entre Mia y Sebastian, a la nostalgia de esa pureza del cine clásico de estudios en formas, estilo, colores (y planetarios), a su banda sonora tremendamente pegadiza o a ese juego tan de nuestro tiempo de adivinar los guiños y referencias que un producto audiovisual claramente evocador contiene.

Vale, “La La Land” no descubre el musical. De acuerdo, “La La Land” es una combinación de grandes momentos de la historia del género. Correcto, Emma Stone no es Leslie Caron. Ryan Gosling no es Frank Sinatra. Y claro, por muy impetuosos que sean sus travellings, Chazelle se dedica (con buena letra) a reproducir a Minelli, Demy y Donen. Pero por favor, deme usted otra entrada para “La La Land” y alégreme el día.





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10 de marzo de 2015
"KINGSMAN": ESPÍAS DE NUEVO CUÑO

Que me perdone Sherlock Holmes, pero el personaje literario más adaptado al cine, si nos dedicamos a sumar películas oficiales,versiones apócrifas, parodias, tributos, y copias más o menos burdas, es el del agente del Martini con vodka agitado, no mezclado. 
James Bond no sólo ha visto como hasta seis actores diferentes obtenían su licencia para matar,también ha sido testigo de multiples reproducciones que oscilan entre el respeto al personaje original o la simple caricatura. Desde el Maxwell Smart y su zapatófono en “Superagente 86”, a la sensualidad de Monica Vitty como “Modesty Blaise”, la saga del Agente de la CIPOL que pronto veremos adaptada a la gran pantalla por Guy Ritchie, la parodia más gruesa de Austin Powers o torpe de Johnny English, o las desmitificaciones españolas de “07 con el 2 delante” donde Cassen era el agente Jaime Bonet o sin ir más lejos, el José Luis Torrente de Santiago Segura. 

A todas ellas viene a unirse ahora, “Kingsman, servicio secreto”, que es algo así como la película de 007 que Matthew Vaughn siempre quiso dirigir y nunca pudo hacer, o al menos, a él nunca le llamaron.
Casi mejor, porque fuera de todo protocolo que encorsete sus inclinaciones gamberras y violentas, es donde mejor se mueve el cine de Vaughn, que hasta la fecha siempre ha mostrado un excelente espíritu lúdico y desacomplejado, ya sea en románticas aventuras fantásticas adaptando a Neil Gaiman, capaces de sacar pluma al mismisimo Robert De Niro (“Stardust”), o en cintas de superhéroes adolescentes adaptando a Mark Millar y John Romita Jr. (“Kick Ass”). Para “Kingsman, servicio secreto”, Vaugh vuelve a recurrir a un comic de Millar (“The Secret Service”, esta vez junto a Dave Gibbons) y vuelve a dar en el clavo, con esta historia de reclutamiento e iniciación juvenil al espionaje que sabe honrar al género jamesbondniano en su primera mitad de metraje para posteriormente desatarse como gozoso film de acción. 

“Kingsman” cumple con todos los requisitos del género que pulió Ian Fleming; organizaciones secretas, agentes de doble vida, gadgets y armas inverosimiles, conspiraciones para acabar con el planeta y una flema británica tan impecable como la dicción de Colin Firth. Precisamente, el oscarizado actor de “El discurso del Rey” es quien aporta ese toque british tan distinguido al introducir las claves de Kingsman, el servicio que lleva décadas acabando con los villanos del mundo. La elegancia de llevar un traje a medida, un paraguas que recuerda al de Los Vengadores (los de Marvel, no, los de la serie inglesa de los 60) y un malvado megalómano al que enfrentarse, encarnado por un divertidisimo Samuel L. Jackson, que parece una extensión cómica del antagonista que interpretó en “El Protegido” de Shyamalan, dotan a “Kingsman” de la práctica totalidad de elementos necesarios para que Matthew Vaughn pueda repetir la estructura clásica y tópicos del cine Bond. Y así lo hace en sus primeros actos, mostrandose formalmente más ordenado y reverencial a los esquemas del cine de espías antes de pasar a dinamitarlos.

Una presentación de historia y personajes francamente entretenida que supone un ritual de iniciación a lo Pigmalion para un carismático Taron Egerton, que hace a Michael Caine (de nuevo) lider de todo el tinglado, que permite a Mark Strong no repetir papel de un villano (por fin) y que entronca con las viejas generaciones gracias a la presencia, casi testimonial, del añorado Mark Hamill. Lo que viene después supone un órdago al cine espectáculo. Un carrusel de acción sobresalientemente orquestado en un desfile de secuencias exageradas, grandilocuentes, libres de todo prejuicio, repletas de violencia física hasta el punto de convertir al refinado Colin Firth en el nuevo Liam Nesson. No conviene desvelar como se comporta el bueno de Firth en una iglesia, pero si que la secuencia que tiene lugar allí es de lo más sorprendente visto en el cine de acción reciente. Como sorprendentes son las motivaciones y recompensas por salvar el mundo que se dan lugar en "Kingsman".
Con un ritmo endiablado, mucho sentido del humor y gusto por las referencias a la cultura pop, una selección musical ecléctica y cierto ánimo de perdurar como saga, “Kingsman, servicio secreto” es un divertimento de primera, que demuestra que Mark Millar es un filón para el cine y que Matthew Vaugh es quien mejor sabe interpretarlo, habiendo dado un volantazo al viejo genero de espias cinematográficos. Porqué “Kingsman” es un Bond sin vergüenza alguna, que es a la vez, parodia, tributo, copia más o menos burda y caricatura del agente secreto por excelencia, al cual se acerca desde el respeto y el aprecio, por mucho que el joven protagonista afirme que para él las iniciales JB no son las de James Bond, ni las de Jason Bourne, sino las de Jack Bauer.
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25 de noviembre de 2014
IGUAL DE TONTOS QUE ENTONCES

A principios de 1995, yo tenía 12 años, pero insistía continuamente en que en apenas unos meses serían 13 y no 12, como si esa nueva edad significase un salto inmediato e irreversible a la madurez. 

Por aquel entonces, acudía al cine por encima de mis posibilidades y veía un buen número de películas, todavía asesorado por mis padres, especialmente por mi padre, el cual, por defecto profesional, vivía continuamente informado de las calificaciones morales de las películas que se estrenaban cada Viernes.
Por ejemplo, ellos consideraban que era adecuado que viese “Loca Academia Misión en Moscú” pero no “Seven”. Que “Los Picapiedra”, “Superdetective en Hollywood III” o “Speed” era aptas para mi como no lo eran “Heat” o “Casino”. Comedias, cine familiar o cintas de acción para todos los públicos tenían el beneplácito parental, con algunas concesiones excepcionales como “La nueva pesadilla de Wes Craven”, por eso de las gafas 3D.
Yo, que ya tenía la escalofriante edad de “casi 13 años”, me rebelaba contra películas como “Casper”, demasiado infantiles para alguien de mi avanzadisima edad y abrazaba con entusiasmo las andanzas de Bruce Willis y Samuel L. Jackson en “La Jungla de Cristal. La Venganza" donde el bueno de John Mclane decía tacos y desactivaba bombas por las calles de Nueva York.
Andaba buscando el equilibrio cinéfilo de la pubertad, ese periodo vital completamente comprometedor donde cada decisión tiene una trascendencia fundamental para tu yo futuro.

Entonces, un 30 de marzo de 1995, llegó a las pantallas españolas “Dos tontos muy tontos”, película cuyo título apuntaba, a ojos de los tutores de mi educación, risas ingenuas adecuadas para seres imberbes y cuyo protagonista, Jim Carrey, actor de comicidad gesticulante, había pasado el filtro censor gracias a dos simpaticos y recientes estrenos como eran “Ace Ventura” y “La Máscara”.
Y allá que fui, un tanto receloso, pues aunque había disfrutado con el Jim Carrey de “Ace Ventura” y “La Máscara” prefería ver otros títulos que se proyectaban en los cines de Albacete en aquel preciso momento como “Cadena Perpetua” o “Pulp Fiction” los cuales se ajustaban más a mi recien emprendida misión de crecer cinematográficamente. 

No tuve tiempo para lamentarme porque aunque, efectivamente, había un buen catálogo de las muecas de un Jim Carrey en pleno apogeo así como algún chiste más bobalicón de lo normal, “Dos tontos muy tontos” supuso ser una obra clave y fundamental para alguien en plena edad del pavo, ávido de descubrir pero más acostumbrado a reir como era yo en 1995. 
Había pasado automáticamente de la comedia blanca a la comedia completa, donde escatología, estupidez, parodia, algo de humor negro, absurdo y humor físico se daban la mano alternando largos viajes en carretera con éxitos musicales de los 90. Aquellas semanas, coincidiendo con las vacaciones de Semana Santa acudí una y otra vez al cine, casi compulsivamente, a ver los mismos gags protagonizados por Jim Carrey y Jeff Daniels habiendo ya olvidado que “Cadena Perpetua” y “Pulp Fiction” también se estaban proyectando.

Con el paso de los años, avancé en la comedia.Descubrí a Blake Edwards y Peter Sellers, a Mel Brooks, a los Zucker y a Leslie Nielsen, a Lemmon y Matthau, a Harold Ramis, a Chaplin, los Hermanos Marx y seguí muy de cerca la (desigual) carrera de Jim Carrey. Pero siempre tuve un hueco especial para la película con que debutaron los Hermanos Farrelly. Un título clave de la comedia de los 90 y de mi propia manera de entender el cine de humor. 
Cuatro años después llegaría “Algo pasa con Mary” que se llevaría las alabanzas unánimes de crítica y público en un intento casi consensuado de poner en el lugar que merecía al cine de comedia de los hermanos Farrelly. Pero no para mi. “Dos tontos muy tontos” ya apuntaba las mismas ideas tiempo antes.

Ahora han pasado algo más de 20 años desde el estreno norteamericano de “Dos tontos muy tontos”. Yo ya sobrepaso los 32 años y no voy diciendo por ahí que tengo casi 33, sino más bien todo lo contrario. Peino alguna cana y tapo alguna entrada. Hago deporte para poder mantener la forma y sigo yendo al cine con parecida asiduidad. Es por eso que volver a ver a Harry y Lloyd en la gran pantalla significa lo mismo que encontrarte a un viejo amigo del colegio con el que cambiaste cromos y patadas a un balón. Te alegras de volver a verlos y el rato compartido podría ser lo más parecido a viajar atrás en el tiempo, aunque no puedes evitar analizar cual ha sido su evolución y como ha cambiado uno mismo desde entonces. 

Harry y Lloyd también han envejecido pero siguen haciendo las mismas tonterias sin temor a resultar decadentes. No han evolucionado. Han estado en su propio letargo y salen de su refugio para repetir gags, viajes por carretera y chistes sobre disminuidos físicos como si fuera 1994. Te da un poco de compasión ver que para ellos todo sigue igual, rozando los 50 años y tan idiotas como siempre, haciendo las mismas bromas pero menos ágiles que entonces. Aunque entiendes que, para un rato que vuelves a verlos, no es momento de enjuiciarlos y si de agredecerles aquellos buenos ratos de hace dos décadas prestando atención a sus benditas patochadas. 

Decido dejarme llevar y me sorprendo a mi mismo llorando de la risa con “Dos tontos todavía más tontos” recordando con estos dos viejos retrasados tiempos lejanos de cuando nos comiamos el mundo. Demuestran conocerme, brindandome un guiño a mi serie favorita, "Breaking Bad". Todo un detalle que aprecio. Nos secamos las lagrimas derramadas con las carcajadas, nos despedimos satisfechos y suena “Me and You” de Jake Bugg. Seguimos con nuestras vidas, que ahora elegimos nosotros, entendiendo que ese sentimiento llamado “nostalgía” no siempre tiene porque tener un significado negativo.
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11 de noviembre de 2014
EL AMOR QUE MUEVE EL UNIVERSO

“El amor es lo único que trasciende el tiempo y el espacio”. Es la doctora Brand (que encarna la oscarizada Anne Hathaway) quien pronuncia, en su monólogo sobre el amor como razón de todas las cosas, estas palabras que resumen a la perfección el motor de la epopeya espacial gestada por uno de los cineastas más abiertamente títanicos, atrayentes, grandilocuentes y también controvertidos del Hollywood actual, Christopher Nolan. 

El responsable de títulos como “Memento”, “El truco final” o la saga de “El Caballero Oscuro” abraza en esta ocasión la ciencia-ficción dura y entiende que para que su compleja propuesta pueda llegar al espectador sin que este se apee en el camino debe compensar la exigencia científica formulada en su argumento con un motivo emocional que acompañe a ese viaje suicida al espacio exterior que emprende el personaje de Matthew McConaughey y compañía. 
De ahí, la explicación de todo lo que sucede en el primer acto de “Interstellar”, dominado por el melodrama paternofilial en un mundo postapocalíptico recubierto de arena. Los ecos de Spielberg, el Zemeckis de "Contact" y Shyamalan (¿quién no recuerda aquí a “Señales”?), los mismos que ya existían en la reciente “Looper”, son un declaración de intenciones por parte de los Nolan (guión firmado a cuatro manos por Christopher y su hermano Jonathan) cuyo posterior salto al infinito encuentra justificado en amparar el futuro de una modesta familia de granjeros huérfana de madre. O lo que es lo mismo, la búsqueda de la supervivencia del planeta Tierra provocada por una pelirroja e inocente niña. Una construcción argumental puramente ochentera y familiar. 

En esas labores de cabeza de familia encontramos al cada vez más importante Matthew McConaughey (Cooper), piloto e ingeniero antes que granjero y protagonista de la providencial misión espacial. Será su personaje (y nosotros con él) el que reciba todas las lecciones básicas de astrofísica y ciencia por parte de un imponente elenco de secundarios que va desde Michael Caine hasta Wes Bentley o William Devane pasando por Anne Hathaway y alguna sorpresa que no conviene desvelar. Es aquí cuando sale a relucir el Nolan como narrador más sobreexpositivo (principal vicio achacable al cine del director de “Origen”), preocupado en darnos unas cuantas nociones de teoría de la relatividad, gravedad y física cuántica. Pero, por fortuna, también el narrador empeñado en hacernos sentir la inquietud y la responsabilidad del sacrificio de la misión. De anteponer lo íntimo a lo colosal.
Eso es algo que el director británico parece conseguir plenamente en la segunda toma de contacto del personaje de Cooper con las grabaciones enviadas al espacio por su familia. Sensaciones a flor de piel. Audiencia en el bolsillo. 

A partir de ahí los agujeros negros, los agujeros de gusano, la colonización de planetas inexplorados, los robots monolíticos, las diferentes dimensiones o la paradoja de los gemelos y el envejecimiento puestos en teoría anteriormente, bien en forma de papeles agujereados o croquis improvisados en una pizarra, pasan a formar parte del mecanismo impulsor de una asombrosa y magistral odiséa espacial deudora de otros relatos del género como “Solaris” o de la tensión abismal de la reciente "Gravity", con una técnica insuperable (junto a su diseño de producción cabría destacar también la música de Hans Zimmer y la fotografía de Hoyte Van Hoytema) y en la que ya no importa tanto haber aprendido la física que da pie al relato como estar atrapado por la puesta en imágenes de esta hazaña interplanetaria que por grande que sea solo quiere decirnos que el amor es lo que mueve el universo.
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28 de octubre de 2014
ANTOLOGÍA DEL INDIGNADO

Hace apenas 15 días, una turista holandesa de nombre Willemijn Vermaat destrozó una estatua de Buda del siglo XII situada en uno de los templos de Angkor en Camboya. Vermaat explicó que había viajado sola a Camboya y que empujó la estatua porque “de ningún modo pertenecía a ese templo”. 

Apenas 3 meses antes, un empleado de un hotel de cinco estrellas de Nueva Delhi encargado de aparcar los coches de los huéspedes, estrelló contra un muro de hormigón el Lamborghini de un rico magnate hospedado en el hotel, saliendo sospechosamente ileso del accidente en el que el vehículo quedó destrozado. 

Remontándonos solo unos meses más atrás, el pasado 21 de mayo una anciana septuagenaria de Nancy (Francia) mató a su marido y lo desmembró. Después de descuartizarlo, utilizó su corazón, su nariz y su pene para preparar un caldo de sopa, que se tomó a modo de cena. Cuanto terminó, se dirigió a la comisaría completamente ensangrentada, donde declaró su crimen. 

Tres sucesos nada alejados en el tiempo, extraordinarios e insólitos, en los que individuos anónimos decidieron actuar violentamente y sin contemplaciones sobre situaciones cotidianas convencidos de que esa solución, fuese o no la correcta, era la más liberadora y justa para ellos en ese preciso instante.

La profunda crisis financiera que vivimos ha traído consigo cambios en lo que a las movilizaciones sociales se refiere. En el modo de organizarse a la hora de mostrar disconformidad y protestar frente a las injusticias políticas y sociales. La era del movimiento indignado.
Han surgido manifestaciones plurales,sí, pero el individuo particular, hastiado, disgustado y frustrado, a menudo siente la indefensión ante las injusticias diarias, estando falto de una reivindicación personal, de una expresión particular que de rienda suelta a sus tensiones acumuladas. Y cuando el ser humano se rebela por su propia determinación, casí siempre lo hace en las situaciones o contextos más inesperados y circunstanciales, incluso erroneos, como bien pudiera ser una estatua camboyana, un vehículo de alta gama, el que convive a tu lado o simplemente alguien que pasaba por allí.

Un buen compendio de esos "basta ya" del ciudadano medio es "Relatos Salvajes", la película sensación del año en Argentina, dirigida y escrita con astucia por Damian Szifron, producida por El Deseo de los hermanos Almodovar, aplaudida en San Sebastian y Sitges y representante al Oscar por aquel país. Desde su estreno local ha venido gozando del beneplácito del público (8 semanas liderando la taquilla argentina) al mostrarse como una comedia divertidísima y balsámica ante la irritación generalizada del sufridor a pie de calle.

Dividida en 6 episodios independientes entre sí, "Relatos Salvajes" tiene un fin común, atentar contra estratos y grupos que serán muy familiares al espectador. Siempre desde el humor negro y la rabia contenida, entre lo macabro y lo vengativo y en los que el funcionario apático, el cliente déspota, el marido infiel, el conductor prepotente o el adinerado corrupto pasan a ser victimas de las embarazosas situaciones que plantea el muy eficaz guión de Szifron en cada uno de sus episodio.
Acompañada de una mezcla músical inverosimil que une a Gustavo Santaolalla con "Flashdance", unos créditos que apuntan el lado animal del ser humano, un elenco de actores argentinos de primer nivel en el que figuran Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia o Dario Grandineti y una realización ágil y furiosa, "Relatos Salvajes" supone un divertimento contemporáneo negro y osado, una película terapéutica para el espectador, capaz de identificarse con alguna o muchas de las situaciones que plantea la cinta de Szifron. No parece casualidad que tres de sus historias tengan como denominador común el coche, pequeño espacio donde el hombre saca a relucir su lado más salvaje, ese al que se refiere este título desde que comienzan sus créditos iniciales. Una película que redescubre al cine como medicina contra la cólera de nuestros días, la indignación.
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21 de octubre de 2014
LA ASOMBROSA AMY

En 1956, Alfred Hitchcock dirigía “Falso culpable”, película que se distinguía de otras de su filmografía al interesarse más por describir las consecuencias dramáticas derivadas del suspense que por desarrollar el propio suspense en sí. Lo hacía alrededor de una de sus figuras favoritas, la del acusado erróneo, y en aquella ocasión, también sobre su la figura de su esposa, a la que Hitchcock apuntaba como verdadera victima de las secuelas no penales y sí psicológicas de la falsa incriminación y, especialmente, de la insoportable presión social a la que tuvo que hacer frente. Con la mirada perdida y el gesto petrificado de Vera Miles en los planos finales de “Falso Culpable”, Hitchcock venía a decirnos que la privación de libertad está más allá de unos barrotes y una condena a cumplir.

Multipliquemos la agresividad de la sociedad pública de antaño (mitad de los años 50) por la de ahora, con la depravación progesiva de la prensa escrita y audiovisual, la inercia colectiva conforme a las corrientes de opinión y la difusión instantánea de información (manipulada o no) por las redes móviles, para entender así la gigantesca pesadilla a la que debe enfrentarse Nick Dunne (Ben Affleck) en “Perdida” cuando su asombrosa esposa Amy (Rosamund Pike) desaparece y él es señalado furiosamente como culpable de asesinato.

A diferencia del Hitchcock de “Falso Culpable” y pese a tener un armamento entero cargado de munición para poder elaborar su discurso alrededor de los poderosos daños humanos provocados por los intereses mediáticos y el linchamiento social en el siglo XXI, Fincher elige decantarse por la intriga, y la investigación policial  antes que por el drama humano. Y otra más, prefiere revertir la figura femenina protagonista de Santo Mártir a Maquiavelo, lo cual nos indica, que más que aprovechar las posibilidades que otorgaba el subtexto del best-seller escrito por Gillian Flynn (como modificamos nuestros comportamientos para condicionar la opinión pública, la facilidad de la prensa amarilla para alterar un discurso que previamente ha defendido a capa y espada) se ha concentrado en ser incondicionalmente fiel (algo nada inusual en la carrera de Fincher) al thriller conyugal derivado de la novela original. Más cuando ha sido la propia escritora de “Perdida”, Gillian Flynn, la encargada de elaborar un guión que apenas se aparta un milímetro de su obra principal. 

Descartada así, la posibilidad de dinamitar la hipocresía de medios de comunicación y sociedad o por qué no, de tu propia persona, el punto de mira de esta adaptación cinematográfica es único y concluyente; la identidad del otro en las relaciones de pareja. Una perversa y caústica vuelta de tuerca a la fingida felicidad del matrimonio explorada a través de piruetas narrativas y cerradas curvas argumentales en las que se alternan voces en off con flashbacks de dudosa veracidad, cambios de puntos de vista y violentos giros de guión protagonizados por dos seres adustos y antipáticos. Clasistas, artificiales y enamorados de la apariencia. El thriller del antiromance. 
Es ese ejercicio de contorsionismo con el que Flynn expuso su retorcida historia a sus numerosos lectores y la sarcástica y manipulada historia de amor entre hombre y mujer jugando a ser felices el principal interés de Fincher para con el espectador. Como ya es habitual en un creador que ha sido capaz de inventar muchas de las señas de identidad del thriller moderno, la adaptación formal de la obra de Flynn se situa entre la suficiencia y lo modélico. La fotografía fría y oscura de Jeff Cronenweth sumada a la música envolente y de Trent Reznor y Atticus Ross y el suave deslizar del objetivo de Fincher convierten lo que era un thriller a priori complejo y sinuoso para el lenguaje cinematográfico en un producto asequible y sobrio en manos del director norteamericano. El fondo, sin embargo parece algo más discutible. Abandonado Fincher a la escritura de Gillian Flynn, lo que en la novela suponía un relato de intriga movido por el desencanto del afecto,las ilusiones rotas,la ingenuidad sentimental mancillada, en la cinta es la naturaleza embustera y pérfida de sus pareja protagonista la que alimenta el relato, quedando relegado a escasas pinceladas lo acertado de ese incisivo estudio sobre hasta donde hay que ceder o hasta que punto debes moldear tu persona para lograr la felicidad de quien comparte tu cama. 

Gana el thriller, sí, con esos intrincados volantazos, ese jugar al despiste con la audiencia y esa Rosamund Pike desatada y furibunda en el tramo final de la cinta que hacen que sobrellevemos los más de 145 minutos de metraje sin que tengamos mucho tiempo para pensar por qué carajo se han enamorado tan rápido esos dos seres humanos (hay escasas muestras de cariño mutuo en pantalla) o por qué Ben Affleck y Neil Patrick Harris parecen elecciones de casting mejorables. Pero lo que debemos preguntarnos es cómo una adaptación tan devota de la novela original puede perder gran parte de su esencia en el camino.
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30 de septiembre de 2014
CRÍMENES EN LAS MARÍSMAS

Toda la vida alucinando con el valor añadido de las atmósferas pegajosas y perturbadoras de aquellos thrillers ambientados en Louisiana y el Mississipi y resulta que aquí teníamos las marísmas andaluzas inéditas, tan o más capaces de sembrar el desasosiego en el espectador sólo con su geografía húmeda, sofocante y salvaje. 

Nadie hasta la fecha había reparado en este paraje español claramente profundo como entorno catalizador del mal rollo inherente a una historia noir de crímenes y perversión. Nadie hasta Alberto Rodriguez, sevillano de cuna, que ya con su título anterior, “Grupo 7”, practicó el thriller policiaco conforme a un contexto histórico y político agitado y a un enclave (la Sevilla delictiva prevía a la Expo-92) que proporcionaba multiples posibilidades argumentales y visuales. Una urbe en plena construcción, necesitada de un lavado de cara y una desinfección del narcotráfico existente. Los tejados sevillanos como pasarela para persecuciones a lo Paul Greengrassen en plano secuencia y el inevitable fantasma de la dictadura presente en los métodos policiales, en la relación entre las diferentes generaciones de los agentes protagonistas, en las sombras de un sistema todavía contaminado. 

Aquella película, nominada a 16 Goyas, apuntó las excelentes maneras de Rodríguez para el género, y su gran capacidad para manejar diferentes elementos narrativos y técnicos (prólogo documental, cámara en mano, etc) que enriqueciesen el relato negro escrito por Rafael Cobos. 

El propio Cobos y Rodríguez han sabido conservar los numerosos aciertos de la citada “Grupo 7” para contar ahora una investigación criminal en “La isla mínima” película impregnada y dominada por un poderosa atmósfera, presente desde bien comenzada la cinta con unos alucinantes planos cenitales de las marismas andaluzas.
Comprendemos pronto que Alberto Rodríguez pretende trasladarnos a aguas pantanosas. Las propias del río Guadalquivir y, también, las relacionadas con la opresiva y viciada comunidad profunda andaluza de 1980, dominada por capataces, señoritos, falsas ilusiones adolescentes de futuro, cortijos, machismo y analfabetismo.
Ambos, marcos propicios para hacer de un doble asesinato algo todavía más repugnante e incomodo para el espectador de lo que ya se supone, y de su investigación pertinente, una labor aún más peligrosa para quien la lleva a cabo.

Y quien la lleva a cabo son dos afectados policías madrileños (el policía fuera de su habitat, otro elemento común del género), sobre los que existe una fuerte brecha generacional que los distancia en ideales y procedimientos. Impresionantes y con gran química en pantalla, por cierto, Rául Arévalo y Javier Gutierrez (ganador de la Concha de Plata en San Sebastián) obligados a convivir, fríos entre sí y con un pasado por revelar que enriquece el contexto sociopolítico de aquel año 1980 en la que la Transición todavía peleaba con la losa franquista.

Sobre los hombros de la dupla formada por Arévalo y Gutierrez recae todo el peso de la cinta. Sus pasos en falso, interrogatorios y pesquisas los van enfrentando a los estratos de esa sociedad encallada y malsana. A personajes cargados de secretos y/o interrogantes. A lugares recónditos de la Andalucía más rural y adulterada. Y con ellos un relato policial apasionante y sugerente, lleno de matices, capaz de establecerse como una buena crónica negra de la época y con excelente pulso narrativo en la dirección de Rodríguez, el cual se permite ofrecer un par de persecuciones dignas del mejor autor del género.

Como un parto de gemelos, la casualidad ha querido que "La isla mínima" haya aparecido cuando todavía resuenan los ecos del estreno de la primera temporada de la serie televisiva "True Detective", algo que provocará que la cinta española pueda ser juzgada (injustamente) desde la comparación con la serie de Nic Pizzolatto (con la cual es innegable que comparte abundantes similitudes) y no por sus méritos individuales. Y es que, el propio cine y literatura va forjando la identidad propia de otros proyectos y los referentes suelen coincidir para un fin semejante

El thriller ya no es el mismo género desde que surgieron las monumentales "Seven" y "Zodiac" de David Fincher. "Arde Mississippi" de Alan Parker ha calado cuando de atmósferas asfixiantes y sureñas se trata. En "Conspiración de Silencio", John Sturges  dejaba a Spencer Tracy abandonado en mitad de un pueblo lleno con rencores o "Memories of Murder" de Bong Joon-ho elaboraba una investigación en pleno y enrarecido cambio social. Dos títulos, estos últimos, sobre los que Alberto Rodríguez ha confesado su influencia en "La isla mínima".
Al tiempo, "True Detective" se nutre de algunas de las citadas obras o de, por qué no, otras series más recientes como "Hannibal" o "Top of the lake" y/o relatos criminales de la America más profunda como "Ed Gein".
Detalles, elementos, situaciones de todas ellas que están presentes en "La isla mínima" y también "True Detective". Lo cual demuestra, que hay sobrado talento a ambos lados del Atlántico.

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10 de agosto de 2014
ONCE AGAIN

Empezad a admitirlo. A todos os gustó “Once”. A algunos más que a otros, es cierto, pero a todos os gustó. Bien porque sus canciones se agarraban al oido, por el buenrrollismo que destilaba, porque era una película hecha con cuatro duros y mucha voluntad, y está feo declararse en contra de las pelis que son muy pobres, porque os enamorasteis de lo vulnerable que era la rumanita protagonista o porque todavía sentís que esta película la descubristeis y recomendasteis antes que nadie y cuando empezó a cosechar premios creísteis aquel descubrimiento como un logro personal.

El caso es que os gustó “Once”, y si os gustó “Once” ahora os gustará “Begin Again”, que es la misma película pero con dinero. Si la rechazais es porque en ocasiones se regodea en su condición de película acomodada, con personajes cool de esos que beben copas de vino, caprichos de gran producción (ahora meto un cameo de CeeLo Green por aquí, product placemente de Apple hasta en la sopa) o particularmente porque os ponen nerviosos los tics gestuales de Keira Knightley (antes que tuenti ella inventó lo de poner morritos). Pero en el fondo, también amais a “Begin Again” y su eficaz condición de cinta optimista y enternecedora para una velada de Agosto.Lo mismo que sentisteis hace 8 años con la callejera película irlandesa en la que triunfaba la música por encima de todo. 

John Carney, bajista antes que director de cine, ha dado el salto a Hollywood para realizar una especie de “cuasi-remake” de la cinta que le dio la gloria para gozo de Harvey Weinstein. En lugar de una frágil rumanita tenemos a la buena de Knightley mostrando sus dotes para la canción, en lugar de Glen Hansard tenemos a Mark Ruffalo como tipo inmerso en plena crisis vital, Nueva York por Dublín y una discográfica con oficinas de decoración nórdica frente a la antigua tienda de instrumentos de “Once”.

Cambia el envoltorio pero no las intenciones; la íntima historia de dos personajes solitarios y vencidos, la música como nexo de unión y medio de superación personal, el desamor, el afecto por encima del amor. Y positividad. Mucha positividad. Y canciones. Muchas canciones. Porque aunque haya algo de innegable impostura en su apariencia, “Begin Again” cuenta con la sensibilidad intacta de su director a la hora de retratar la energía contagiosa de sus protagonistas, su entusiasmo por componer y crear temas musicales, su condicion de fábula sobre las segundas oportunidades, buena química entre la pareja Knightley y Ruffalo y un encantador manejo de los secundarios en la tradición de la mejor comedia romántica británica (James Corden y un paródico Adam Levine, lider de “Maroon 5”). Y en su esencia está el éxito de esta fórmula, de esta nueva manera de afrontar el género músical que con “Once” fue incluso capaz de llegar a las carteleras de Broadway.

Solo la etílica secuencia en la que Ruffalo imagina los arreglos de la canción que solitariamente intrepreta Keira bien vale la entrada de esta película que en su arranque encadena con inteligencia y frescura los flashbacks de presentación de sus personajes para que nos encariñemos de ellos y ya no los abandonemos en el resto del metraje. Su espíritu contagioso funciona y uno sale del cine encantado con la experiencia. “Begin Again” te alegrará el día.
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17 de junio de 2014
BENÉFICA


En nuestro recuerdo estaba la clásica Maléfica, villana por excelencia del universo Disney como un ser caprichoso y vil, enojada simplemente por no haber sido invitada al bautismo de la nueva hija de los Reyes. Semejante enfado bien valía un hechizo fatal que solo la buena fe de una de las pequeñas y bondadosas hadas pudo contrarrestar con la posibilidad de un beso feliz.

Ahora Disney, adaptandose a los nuevos tiempos, rehace el cuento y busca explicaciones a las motivaciones perversas de la cornuda hada mágica, alterando el concepto de maldad y bondad en todos los personajes del cuento tradicional. Maléfica abandona su condición de villana de manual para ser ahora victima y a la vez verdugo, castigadora y al tiempo tierna tutora de la joven y bella Aurora. Un ser oscuro por fuera pero también luminoso por dentro que se mueve por amor (o mejor dicho por desamor).

Así que por muy lúgubre que pueda lucir en apariencia, “Maléfica” no es sino una amable, y bondadosa versión del cuento, dirigida expresamente a un público infantil y juvenil, mayoritariamente femenino y en el que Angelina Jolie domina la función de principio a fin, con un personaje al que ella entrega su fuerte presencia y su imponente rostro interpretativo y del que recibe una aproximación decorosa y respetable a la altura de la que es una actriz de primera talla mundial y personaje público humanitario y ejemplar. Vamos, que más que ante Maléfica estamos ante Benéfica.
Alterados pues los mensajes originales del cuento, uno puede sentirse desorientado o encantado según sea su concepto sobre la historia original, teniendo que resetear su idea de cuento de hadas inocente y viriginal y/o interiorizar de una vez por todas que tras “Alicia en el país de las maravillas” o “Blancanieves y la leyenda del cazador” los cuentos que conocimos están abiertos y dispuestos a todo tipo de modificaciones argumentales además de propensos a ver recargados sus propios universos hasta aproximarse a la ostentación de las tres dimensiones.

Y es que estamos ante la era “Frozen”, donde las princesas ya no son perfectas, los principes son unos mindundis que ni pinchan ni cortan, los villanos del cuento se adueñan de las historias y el amor verdadero no están en un enamoramiento a primera vista sino en las relaciones fraternales y/o filiales. Corren nuevos tiempos para los cuentos de hadas. Ya no hay perdices, ni tampoco todos son completamente felices. Adios a la mágia, bienvenidos al mundo real.
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10 de junio de 2014
COMO HA CRECIDO TU HIJO!

Los chavales de “American Pie” acuñaron aquel término conocido como MQMF que situaba a la madre de Stifler como objeto del deseo sexual de los protagonistas de aquel revival actualizado del cine universitario setentero. En “Dos madres perfectas”, bien podría acuñarse un nuevo término que se situaría en las antípodas de aquel, HQMF, donde jovenes adolescentes y musculados serían el objetivo carnal de dos madres que comparten amistad desde la infancia y ahora también hijos.

“Dos madres perfectas” podría ser un título polémico por lo que su cruce sexual implica, sin embargo pareciendo algo más parecido a un anuncio de Dolce Gabbana o a las juergas felices de los anuncios de estrella damn, jovenes surfeando, rubias maduritas paseando por la orilla de la playa, casas idílicas y vasos de vino tinto en cenas al aire libre. Un arranque algo frívolo que no augura demasiado atrevimiento ni provocación en el posterior devenir de los hechos, en los que las relaciones cuasi incestuales de esta pareja de amigas permitian generar un poderoso melodrama de conflictos morales y emocionales.

Como historia eminentemente femenina “Adore” (como así se títula originalmente) es la adaptación de una novela corta de la ganadora del Premio Nobel, Doris Lessing, dirigida por una realizadora francesa , Anne Fontaine, cuyo cine ha estado marcado por el protagonismo de la mujer (“Cocó Channel, de la rebeldía a la leyenda”, “Chloe”) y producida por otra mujer, Naomi Watts también dominadora junto a una enorme Robin Wright Penn del protagonismo y la mirada de esta narración. Ellas sufren, disfrutan, callan, deciden y se equivocan en cada uno de sus movimientos impregnando de verdad a sus actuaciones, las cuales se situan muy por encima de las de sus alter egos masculinos (Xavier Samuel y James Frecheville), en cuyo enfoque está el gran punto débil de esta cinta. Los actos y las interpretaciones de los dos agitados vástagos de las protagonistas rompen con el drama, naturalidad, y reivindicación del poder de decisión femenino que aportan la pareja de rubias actrices a la historia original, convirtiendo a “Dos madres perfectas” en un cúmulo de caprichos sexuales que apenas esboza un par de reflexiones sobre los límites del deseo y el elogio de la carnalidad femenina en su madurez.
Quizá por su indefinición a la hora de mostrarse más osada y explicita alimentado así la controversía de una historia de sexo socialmente impúdico haya sido relegada a un segundo plano en los estrenos cinematográficos del año, llegando más de año y medio tarde a las carteleras de nuestro país. Incapaz incluso de instaurar un nuevo término donde proclames en una sola palabra tu amor por el hijo de tu amiga.
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13 de mayo de 2014
MIYAZAKI CIERRA EL CÍRCULO

“Los aviones son hermosos sueños” eso es lo que le dice el diseñador aeronautico Giovanni Caproni al joven Jiro Horikoshi, personajes reales sobre los que Hayao Miyazaki ha elaborado el que es su testamento fílmico, “El viento se levanta”, una obra que contiene la gran mayoría de constantes del cine del animador japonés y que guarda ciertos detalles que pueden hacer entender porqué el creador de “El viaje de Chihiro” o “El castillo ambulante” ha decidido culminar su filmografía con este título sobre obsesiones profesionales, anhelos, romances y memoria histórica japonesa.

Sin ir más lejos, Giovanni Caproni, aparición mentora y onírica del personaje protagonista fue un ingeniero italiano de principios del siglo XX que diseñó un avión llamado Ghibli, nombre también del mítico estudio de animación forjado por Miyazaki. Un coincidencia para nada casual, como tampoco que sea otra película sobre el peso del hombre en la guerra y la influencia indirecta de la naturaleza en ella, “Nauusica, el valle del viento” la primera obra del realizador japonés en el citado Studio Ghibli.

Miyazaki, cuyo padre era director de la Miyazaki Airplane, compañía aeronáutica que fue contratada durante la Segunda Guerra Mundial para construir parte del avión de combate conocido como “Zero” ha hecho con "El viento se levanta" una cinta casi autobiográfica, recurriendo a su recuerdo más básico, a sus intereses más esenciales y eligiendo a la figura Jiro Horikoshi como alter ego para elaborar un tratado sobre los sueños alcanzados y sus consecuencias directas. Un personaje tan noble, naif y soñador como muchos de los protagonistas del cine de Miyazaki y a cuyo alrededor se reune la nostalgia de una época histórica, el melodrama agridulce de un amor imposible, el realismo mágico y una fuerte presencia de la naturaleza así como el mensaje antimilitarista, esta vez algo menos frontal que de costumbre. 
La belleza de las imágenes que no eluden la imaginación fantástica del japonés (aún siendo esta su cinta más realista), acompañadas de la maravillosa música de su inseparable Joe Hisaishi, hacen de “El viento se levanta” una película tremendamente emocionante e incluso triste para un Miyazaki que se despide con esta sintesis casi biográfica de su cine queriendo cerrar el círculo y permitiendose apuntar por última vez todo su credo personal para un mundo próspero y feliz.
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6 de mayo de 2014
ESPAÑOLES POR EL MUNDO REAL

Hace un tiempo veía en televisión uno de esos programas que captan la idílica y maravillosa vida de los españoles que inundan el planeta. Concretamente era un “Madrileños por el mundo” en el que preguntaban a una española residente en Nueva York que era lo que más echaba de menos de su tierra natal. Cualquiera hubiera dicho un filete de jamón, el abrazo de una madre, las risas de los amigos, las cenas hasta la medianoche, la Ñ de los teclados o incluso, las películas dobladas, pero no, ella dijo: “el Zara, porque es mucho más barato que el de Nueva York”.

En las antípodas de ese retrato televisivo un tanto sesgado y clasista del emigrante español en el siglo XXI se encuentra “La vida inesperada” donde sus protagonistas lidian con la duda diaria de si merece la pena perseguir el llamado sueño americano o si es preferible volver al hogar materno en Logroño.

De la pluma de Elvira Lindo, habitual residente en la Gran Manzana, nace esta afable y un tanto agridulce crónica de (mal)vivir en el extranjero que devuelve al cine español a las calles de Manhattan como ya hiciera Fernando Colomo en 1983 con “La línea del cielo”. La autora de Manolito Gafotas conoce pues, de primera mano, la parte de Nueva York que se aleja de rascacielos, de los neones de Times Square o de las tiendas de lujo de la quinta avenida y sobre pequeños apartamentos sin ascensor y pluriempleos que no dan ni para el alquiler estructura su retrato agridulce de personajes, con un Javier Cámara que persigue su sueño teatral, una Carmen Ruiz que le acompaña en su cometido y un Raúl Arévalo que huye de sus responsabilidades adultas. Seres que andan más cerca del miserable hombrecillo que encarnó Jack Lemmon en "El Apartamento" que de muchos de los protagonistas de "Españoles por el mundo".

Es la irrupción del "Primo" Raúl Arévalo en Nueva York la que desencadena el desfilar de culpas y pasos adelante con guiños a Woody Allen o Miguel Mihura que contiene "La vida inesperada". Ese españolito supuestamente estable, formal y talentoso que destapa el tarro de los dilemas, los temores y la madurez, y que encuentra bajo el techo americano de su primo una valvula de escape a su toma de decisiones que no siempre tienen porqué coincidir con aquellas que en un primer momento decidimos. Mientras Lindo parece disfrutar narrando el pleno proceso de asumir realidades y aceptar cambios de sus diferentes personajes y Lucio Godoy y Federico Jusid se lucen con una preciosa partitura con la que George Gershwin estaría orgulloso, Jorge Torregrosa (infinitamente más apto aquí que en la inconsistente "Fin") parece entusiasmado con la posibilidad de rodar en las calles de Nueva York hasta el punto de permitirse un osado homenaje al puente de Queensboro filmado por Woody Allen en "Manhattan". En la emoción de todos los miembros del equipo por esta historia neoyorkina están las dosis de sentimientos y ternura que, por momentos, desprende "La vida inesperada".
Eficaz en el drama, es, sin embargo en su comedia donde este paseo americano pisa en falso. Ni las forzadas conversaciones materno-filiales por Skype ni las interacciones con los personajes norteamericanos (Tammy Blanchard, Sarah Sokolovic) funcionan. Más bien parecen interrupir la fluidez y ligereza que la narración llega a tener.

En ello influye la torpisima decisión de doblar al castellano todos aquellos momentos en que Cámara y compañia se relacionan (en inglés) con los neoyorkinos, algo capaz de sacar al espectador de la película y estropear el buen hacer de todo su plantel interpretativo. Visto así, casi es fácil comprender que alguie pueda echar mucho más de menos los competitivos precios españoles de Zara que los doblaje de películas al castellano.
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1 de abril de 2014
EL GRAN HOTEL DE ZUBROWKA

No existe el pueblo escondido entre montañas de Nebelsbad, como tampoco la república de Zubrowka a la que pertenece. Y por supuesto el Grand Hotel Budapest no es un majestuoso hotel alpino que podamos visitar y fotografiar. Ya nos gustaría.

Apenas transcurridos 5 minutos de la nueva película de Wes Anderson fantaseamos con la posibilidad de poder tener frente a nuestros ojos ese recóndito y fascinante rincón del planeta, ejemplo ficticio de una Europa imperial y asombroso tanto por su arquitectura como por su enclave geográfico y que Wes Anderson ha recreado valiéndose de unos de los trucos más antiguos del séptimo arte, las maquetas, inspiradas en el Grandhotel Pupp de Karlovy Vary, en la República Checa y rodando los interiores en diferentes emplazamientos del viejo continente como las abandonadas galerías comerciales Gorlitzer Warenhaus de Görlitz en Alemania o en el Corinthia Grand Hotel Royal Budapest en Hungría. Un impecable trabajo de localizaciones que unido a una dirección artística exquisita y una fuerte creatividad ejecutora como la de Anderson hacen que por apenas una hora y media de nuestras vidas experimentemos una de las grandes cualidades sensoriales por las que el cine merece la pena, la de trasportarnos por arte de magia a universos maravillosos.

Solo con su desbordante imaginación visual y su recreación de una Europa lujosa previa a la calamidad bélica, “El Gran Hotel Budapest” ya tiene mucho ganado. Pero lejos de ser otro de esos productos cuya plasticidad acaba dominando a su fondo argumental (circunstancia fácilmente achacable al cine de Wes Anderson), en esta ocasión, todo lo que hay tras la deslumbrante fachada de este hotel de los líos es emocionante y extraordinario. Su brillante alegoría de los últimos días de resplandor de la Europa Central. Su desfile de rostros familiares para el espectador que son un lúdico valor añadido para la cinta. Su inspiración cómica, a la que todos sus actores (cómicos en su mayoría) aportan su granito de arena (atención a Adrien Brody). Su naturaleza de fábula narrada en distintos tiempos (que sirve como homenaje al autor austriaco Stefan Zweig) que no hace ascos a su carácter más novelesco y aventurero (hay cárceles, trenes, investigaciones, intrigas, persecuciones, etc). Y, principalmente, el divertido y conmovedor dúo protagonista liderado por Ralph Fiennes como Mounsieur Gustav, el galante y refinado regente del Hotel Budapest (impecable trabajo del actor de "La Lista de Schindler") que encuentra en el debutante Tony Revolori  un inesperado mozo de portería (Zero Moustafa) capaz de aportar una réplica a la altura, hacen de “El Gran Hotel Budapest” una de las más experiencias más arrolladoras, festivas, luminosas y completas del cine reciente con ,además, un buen catálogo de objetos para completar la iconografía pop de nuestro tiempo.

Porque ya no solo soñamos con alquilar una habitación del Gran Hotel Budapest, también nos gustaría poder degustar los pastelitos Mendl´s u olfatear el aroma de L´air de Panache. Merito todo ello de la mente revolucionada y singular de Wes Anderson.

Información de localizaciones extraida de Blogtelopia
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