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17 de marzo de 2015
"THIRD PERSON": HAGGIS Y LOS PUZZLES

Al escritor y director Paul Haggis le gusta liar la madeja de tal manera que luego pueda desenrollarla acompañada de un redoble de tambores y un golpe de platillo. Ya lo hizo una vez, y la jugada le salió redonda, con un Oscar a Mejor Película incluido para aquella encrucijada de vidas marcadas por la intolerancia racial llamada “Crash”. Con ella, el subgénero de historias cruzadas que la industria entendiese como tendencia tras el estreno de “Short Cuts” de Robert Altman o de “Pulp Fiction” de Quentin Tarantino y por el cual pasaron directores como Steven Soderbergh (“Traffic) o Paul Thomas Anderson (“Magnolia”), parecía agotado, a pesar de la insistencia de Alejandro González Iñárritu con “Babel” o de Rodrígo Garcia con “Nueve Vidas” (ambas de 2006) en volver a jugar con las casualidades de las existencias de sus personajes. 

La proliferación de títulos de este subgénero disminuyó manifiestamente, sin embargo, Paul Haggis ha vuelto a recurrir a él, con la excusa de un intrincado (pero nada original) giro de guión como cimiento del choque de historias, buscando así repetir la gloria que le proporcionase “Crash”, más cuando su carrera posterior a ella, ha deambulado entre cintas infravaloradas como “En el valle de Elah”, o, simplemente, desafortunadas como “Los próximos tres días”. 


En el propio título de “Third Person” (erroneamente titulada en España, “En tercera persona”, ya que pierde uno de sus dos significados) está esa base sobre la que sustenta todo el mosaico argumental de Haggis; personajes cuya felicidad se desvaneció por una perdida familiar. Seres solitarios en habitaciones de hotel intentando reiniciar sus vidas apoyados en relaciones sentimentales aparantemente imposibles. Tres historias que componen este puzzle narrativo adornado por grandes ciudades del mundo, Nueva York, París y Roma y por el recurso manido del personaje de un escritor en crisis creativa como núcleo central y de metaficción del relato. 

Melodrama y azar romántico, géneros demodés, dominan las largas 2 horas y cuarto de metraje en las que si Haggis es capaz de captar la atención del espectador, es gracias a la descripción de sus personajes femeninos, probablemente lo más destacable de “En tercera persona”. 

Olivia Wilde y su frágil personaje, de comportamiento algo errático que desconcierta emocionalmente a un Liam Nesson el cual interpreta a ese escritor en con escasez de ideas en el pasaje parisino de la película, la actriz israelí, Moran Atias, exhuberante y problemática mujer que embauca a Adrien Brody en el capítulo romano y una Mila Kunis, como descuidada y abnegada madre que lucha por la custodia compartida de su hijo frente a James Franco en plena Gran Manzana, encarnan a mujeres en cuyo sacrificio está su lucha interior y exterior por superar sus problemáticas existencias, todas ellas marcadas u oprimidas por las relaciones paterno-filiales y verdaderos motores de interés de cada uno de los tres episodios del film. 
 Lamentablemente, ellas y sus complicados dramas personales y humanos, son insuficientes para que “En tercera persona” remonte el vuelo, cayendo en lugares comunes del género por culpa de una clara descompensación entre sus diferentes historias, la mayoría de ellas excesivamente redudantes, poco concretas y bastante convencidas de ser importantes, un endeble nexo en común y una fuerte apuesta por su traca final, que más que ser sorprendente resulta previsible y algo manida. 

Quizá por todo eso, “En tercera persona” haya sido relegada a un segundo plano en las carteleras y se estrene tarde, dos años después de su producción, confirmando que Paul Haggis, al igual que el creador bloqueado por su segunda obra que encarna Liam Nesson, no ha sabido adivinar que en el éxito de “Crash” sólo ocurre una vez, errando a la hora de repetir la fórmula dentro de un género que tuvo mejores días.
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1 de abril de 2014
EL GRAN HOTEL DE ZUBROWKA

No existe el pueblo escondido entre montañas de Nebelsbad, como tampoco la república de Zubrowka a la que pertenece. Y por supuesto el Grand Hotel Budapest no es un majestuoso hotel alpino que podamos visitar y fotografiar. Ya nos gustaría.

Apenas transcurridos 5 minutos de la nueva película de Wes Anderson fantaseamos con la posibilidad de poder tener frente a nuestros ojos ese recóndito y fascinante rincón del planeta, ejemplo ficticio de una Europa imperial y asombroso tanto por su arquitectura como por su enclave geográfico y que Wes Anderson ha recreado valiéndose de unos de los trucos más antiguos del séptimo arte, las maquetas, inspiradas en el Grandhotel Pupp de Karlovy Vary, en la República Checa y rodando los interiores en diferentes emplazamientos del viejo continente como las abandonadas galerías comerciales Gorlitzer Warenhaus de Görlitz en Alemania o en el Corinthia Grand Hotel Royal Budapest en Hungría. Un impecable trabajo de localizaciones que unido a una dirección artística exquisita y una fuerte creatividad ejecutora como la de Anderson hacen que por apenas una hora y media de nuestras vidas experimentemos una de las grandes cualidades sensoriales por las que el cine merece la pena, la de trasportarnos por arte de magia a universos maravillosos.

Solo con su desbordante imaginación visual y su recreación de una Europa lujosa previa a la calamidad bélica, “El Gran Hotel Budapest” ya tiene mucho ganado. Pero lejos de ser otro de esos productos cuya plasticidad acaba dominando a su fondo argumental (circunstancia fácilmente achacable al cine de Wes Anderson), en esta ocasión, todo lo que hay tras la deslumbrante fachada de este hotel de los líos es emocionante y extraordinario. Su brillante alegoría de los últimos días de resplandor de la Europa Central. Su desfile de rostros familiares para el espectador que son un lúdico valor añadido para la cinta. Su inspiración cómica, a la que todos sus actores (cómicos en su mayoría) aportan su granito de arena (atención a Adrien Brody). Su naturaleza de fábula narrada en distintos tiempos (que sirve como homenaje al autor austriaco Stefan Zweig) que no hace ascos a su carácter más novelesco y aventurero (hay cárceles, trenes, investigaciones, intrigas, persecuciones, etc). Y, principalmente, el divertido y conmovedor dúo protagonista liderado por Ralph Fiennes como Mounsieur Gustav, el galante y refinado regente del Hotel Budapest (impecable trabajo del actor de "La Lista de Schindler") que encuentra en el debutante Tony Revolori  un inesperado mozo de portería (Zero Moustafa) capaz de aportar una réplica a la altura, hacen de “El Gran Hotel Budapest” una de las más experiencias más arrolladoras, festivas, luminosas y completas del cine reciente con ,además, un buen catálogo de objetos para completar la iconografía pop de nuestro tiempo.

Porque ya no solo soñamos con alquilar una habitación del Gran Hotel Budapest, también nos gustaría poder degustar los pastelitos Mendl´s u olfatear el aroma de L´air de Panache. Merito todo ello de la mente revolucionada y singular de Wes Anderson.

Información de localizaciones extraida de Blogtelopia
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