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11 de noviembre de 2014
EL AMOR QUE MUEVE EL UNIVERSO

“El amor es lo único que trasciende el tiempo y el espacio”. Es la doctora Brand (que encarna la oscarizada Anne Hathaway) quien pronuncia, en su monólogo sobre el amor como razón de todas las cosas, estas palabras que resumen a la perfección el motor de la epopeya espacial gestada por uno de los cineastas más abiertamente títanicos, atrayentes, grandilocuentes y también controvertidos del Hollywood actual, Christopher Nolan. 

El responsable de títulos como “Memento”, “El truco final” o la saga de “El Caballero Oscuro” abraza en esta ocasión la ciencia-ficción dura y entiende que para que su compleja propuesta pueda llegar al espectador sin que este se apee en el camino debe compensar la exigencia científica formulada en su argumento con un motivo emocional que acompañe a ese viaje suicida al espacio exterior que emprende el personaje de Matthew McConaughey y compañía. 
De ahí, la explicación de todo lo que sucede en el primer acto de “Interstellar”, dominado por el melodrama paternofilial en un mundo postapocalíptico recubierto de arena. Los ecos de Spielberg, el Zemeckis de "Contact" y Shyamalan (¿quién no recuerda aquí a “Señales”?), los mismos que ya existían en la reciente “Looper”, son un declaración de intenciones por parte de los Nolan (guión firmado a cuatro manos por Christopher y su hermano Jonathan) cuyo posterior salto al infinito encuentra justificado en amparar el futuro de una modesta familia de granjeros huérfana de madre. O lo que es lo mismo, la búsqueda de la supervivencia del planeta Tierra provocada por una pelirroja e inocente niña. Una construcción argumental puramente ochentera y familiar. 

En esas labores de cabeza de familia encontramos al cada vez más importante Matthew McConaughey (Cooper), piloto e ingeniero antes que granjero y protagonista de la providencial misión espacial. Será su personaje (y nosotros con él) el que reciba todas las lecciones básicas de astrofísica y ciencia por parte de un imponente elenco de secundarios que va desde Michael Caine hasta Wes Bentley o William Devane pasando por Anne Hathaway y alguna sorpresa que no conviene desvelar. Es aquí cuando sale a relucir el Nolan como narrador más sobreexpositivo (principal vicio achacable al cine del director de “Origen”), preocupado en darnos unas cuantas nociones de teoría de la relatividad, gravedad y física cuántica. Pero, por fortuna, también el narrador empeñado en hacernos sentir la inquietud y la responsabilidad del sacrificio de la misión. De anteponer lo íntimo a lo colosal.
Eso es algo que el director británico parece conseguir plenamente en la segunda toma de contacto del personaje de Cooper con las grabaciones enviadas al espacio por su familia. Sensaciones a flor de piel. Audiencia en el bolsillo. 

A partir de ahí los agujeros negros, los agujeros de gusano, la colonización de planetas inexplorados, los robots monolíticos, las diferentes dimensiones o la paradoja de los gemelos y el envejecimiento puestos en teoría anteriormente, bien en forma de papeles agujereados o croquis improvisados en una pizarra, pasan a formar parte del mecanismo impulsor de una asombrosa y magistral odiséa espacial deudora de otros relatos del género como “Solaris” o de la tensión abismal de la reciente "Gravity", con una técnica insuperable (junto a su diseño de producción cabría destacar también la música de Hans Zimmer y la fotografía de Hoyte Van Hoytema) y en la que ya no importa tanto haber aprendido la física que da pie al relato como estar atrapado por la puesta en imágenes de esta hazaña interplanetaria que por grande que sea solo quiere decirnos que el amor es lo que mueve el universo.
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22 de enero de 2014
LA ORGIA DE MARTY

Hablemos de Jordan Belfort. Broker indómito. Extraordinario caradura. Una extensión amplificada del impostor Frank Abagnale Jr. que el propio Leo diCaprio en “Atrápame si puedes” y que, al lado de Belfort, es tan solo un mero aficionado. En realidad, Belfort está más cerca de Tony Montana (“Scarface”), Henry Hill (“Uno de los nuestros”) o Sam "Ace" Rothstein (“Casino”) pues comparte su origen modesto, su ascenso vertiginoso, sus métodos abiertamente ilícitos y una feroz asimilación del poder que se manifiesta en un desmadrado e indiscreto uso del dinero.

Es “El lobo de Wall Street” el enésimo relato americano de ascenso y caída de un personaje cuyos actos vienen impulsados por una obsesiva codicia por reunir ingentes cantidades de dólares, solo que a diferencia de los otros, sus movimientos nacen desde dentro del propio sistema norteamericano y no desde los bajos fondos. Esta vez, estamos ante una mafia sofisticada. De oficinas, tráfico de mercados e índices bursátiles. Exenta de manchas de sangre que no sean aquellas que brotan de la propia nariz. Y en esos terrenos, ya sean pantanosos u ostentosos, quien mejor se maneja es Martin Scorsese, experto en narrar con el vigor y la violencia que merecen las agitadas y excitantes vidas de aquellos que se mueven entre la abundancia y la legalidad.

No deja de ser sorprendente que a sus casi 72 años, Martin Scorsese, haya hecho su película más furiosa, salvaje y arrolladora. Su carrusel de monólogos cara a cara con el espectador, de aceleraciones y deceleraciones de cámara, imágenes congeladas, voces en off y lujuriosos planos secuencia la convierten en heredera directa de las citadas “Uno de los nuestros” y “Casino” más allá de sus amplias similitudes argumentales. Pero si cabe, “El lobo de Wall Street” es más colérica y frenética que aquel par de noventeras y modélicas cintas del género negro, puesto que Scorsese antepone la montaña rusa de excesos provocada por Belfort a sus métodos empleados para convertirse en un obsceno millonario (aunque se puede averiguar en ella las causas y culpables de la posterior crisis económica mundial).

Estamos pues ante el retrato avasallador de un potro desbocado que se baña en billetes, esnifa montañas de cocaína, proporciona barra libre de prostitutas a sus colegas y navega en yates prohibitivos. Un vividor para el que el mercado de valores es sólo el tablero de un juego y al cual sólo una película gigantesca e hiperbolizada en duración, ritmo e interpretaciones puede hacer justicia. Como hibrido del Elmer Gantry de “El fuego y la palabra” y del Gordon Gekko de “Wall Street”, este charlatán fraudulento y forrado de dóalres no sería tan absolutamente atractivo sin la colosal y entregada interpretación de Leonardo diCaprio, transmutado en un perfecto Jordan Belfort y tendente a la sobreactuación y al histrionismo, el cual rodeado de una idónea corte de súbditos (atención al gran papel de Jonah Hill) hace de “El lobo de Wall Street” un orgía sin precedentes en la gran pantalla.

Scorsese adora al personaje y a su condición de alimaña humana y el personaje brinda al director de Little Italy la posibilidad de llevar a su máxima el estilo y el talento tras las cámaras. Una mimetización de narrador-sujeto sin precedentes. Jamás hubo una película sobre el poder tan agresiva como esta. Jamás Scorsese se mostró tan intenso y desatado como con “El lobo de Wall Street”. Un septuagenario imparable con ganas, a estas alturas, de juerga máxima. Como las que todavía le quedan a Jordan Belfort después de consumir todo lo consumible.
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